La Coctelera

Zuara

"Soñar y soñar es todo, amigo, y el hombre, que a sí mismo se compadece tanto, hace poquísimas cosas reales desde que se levanta hasta que se acuesta..." Medardo Fraile - Monólogo de los sueños

25 Febrero 2011

Avenida Carlomagno

Esta ciudad es un villorrio con resaca. En treinta años la calle mayor se ha convertido en unas suntuosas galerías al aire libre. Por ella circula todo tipo de gente entre la que se inmiscuyen los turistas, los de aquí, los de allá, extranjeros todos para todos . En ocasiones se puede pasear por ella, especialmente cuando se ausenta el delirio y el espacio se expande para con los errantes. Otras veces no queda otro remedio que circular, casi a horcajadas sobre los abrigos de piel hiperbólicos y el séquito de bufandas que les sigue, especialmente los fines de semana. En ese devaneo por la que en otro tiempo fue la calle mayor la vista se ve conminada a ascender hasta las fachadas. Hubo un tiempo, cuando sólo era calle mayor, en que los edificios obedecían un pacto tácito y no humillaban a quien tenían delante, ahora la torsión del cuello es necesaria si se quieren ver las últimas ventanas iluminadas. Los ojos deben maniobrar como si formaran parte de un gran banco de arenques, que esquivan las frías farolas de fría luz. Luego vuelven los ojos al suelo y dan un paso atrás para contemplar el conjunto del que no se desprende una extraña belleza, sino una vulgar fealdad. Entonces, y víctima de una acumulación sin precedentes, la resignación invita a inclinar la cabeza y los ojos se caen al suelo, pues no han de ver nada. Así, cuando los ojos ya no son más que reptiles, de sangre fría bajo la luz fría, es cuando advierten la presencia de esas otras fachadas, de esos otros pilares, mucho mejor torneados que las posmodernas farolas y cuya acción de posar la mirada en ellos es más cálida, e infinitamente más agradecida. Pues es la fealdad del conjunto la que obliga a buscar la belleza en los tobillos y las pantorrillas de las despistadas, dóciles y parsimoniosas turistas, aquellas turistas que buscan en la fealdad un simulacro de belleza sin saber que son sus piernas su manifestación en la tierra. ¡Que dulces e ingenuas! Lo piensas mientras los ojos de sus padres y esposos te desprecian y maldicen, celosos de ser sus poseedores; rictus y rostros que se hacen al nuevo entorno como en su momento se hicieron los edificios al suyo. No eres nostálgico. ¿Eres un errante en el purgatorio?.

Tags: cuentos

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