La Coctelera

Zuara

"Soñar y soñar es todo, amigo, y el hombre, que a sí mismo se compadece tanto, hace poquísimas cosas reales desde que se levanta hasta que se acuesta..." Medardo Fraile - Monólogo de los sueños

28 Septiembre 2010

El hombre sin vida - Cuento #22

El hombre sin vida yacía junto al río. Su interior correoso alojaba insectos y larvas; los mordiscos nocturnos  se habían llevado las vísceras. Más abajo, en un tramo más calmo, a salvo de la corriente, los excursionistas llenaban las cantimploras. El hombre sin vida se había echado al monte en busca de vida. Se había encumbrado para alejar todo rastro de cobardía. Partió sin mapas, obviando toda guía, aunque nada supiera de bosques, ni de roca, ni de altura. El hombre sin vida era torpe y constantemente desobedecido por sus pies. Empezó a vivir al tercer día, cuando se despeñó, imprudente, por un terraplén.

En un camino poco transitado yació apostado dos días con sus dos noches, donde nadie lo veía, entre matorrales. No podía moverse y pensó que había llegado el fin, y que los gusanos hallarían lo que había permanecido oculto a las miradas de los senderistas. Permaneció paciente, indefenso, rendido ante lo inevitable, su inanidad histórica lo había iniciado en un estoicismo de raíz pura, en cuyos misterios más profundos había decidido endinsarse a través de la naturaleza, manifestación palpable del fracaso del hombre. El accidente lo había convertido en metafísico. Al tercer día la lluvia lo despertó y advirtiendo el retorno a la movilidad, se arrastró perseguido por el chubasco hasta una mínima cabaña de pastor. Allí, sintiéndose nuevo, encendió una hoguera. Transcurrieron dos horas de vituperios antes de surgir la llama. El fracaso del hombre. Rebuscó en la mochila empapada una lata de atún y así pudo almorzar, satisfecho; ahora, ¡ahora vivía! Al tercer día cesaron las ensoñaciones y las revelaciones bajo techo y el hombre sin vida trepó el collado, cojo, asombrado y definitivo. En el punto álgido de su ascensión respiró ante el valle, que se le desplegaba delante, sumergiéndole en una sublime visión. Eso era lo único que sabía de la montaña.

Habiendo internalizado la cojera como parte de la aventura escatológica su silueta discreta pudo verse de valle en valle, de carena en carena, de día la mayor de las veces, de noche otras, durante el ocaso meditaba y con la aurora se sumergía en los lagos y en los ríos que hallaba en su camino. Se había hecho con un cayado, arrastraba la mochila ya vacía, dejó crecer su barba y los pies se le habían endurecido; ahora sí, por fin, por fin vivía. Tuvo que descender, sólo en una ocasión, hasta el conjunto de tres casas iluminadas. Mendigó pan y le fue negado, por lo que desenterró raíces al azar, pues el pinchazo en el estómago lo retorcía como la llama a una hormiga. Comió raíces sin saciarse hasta que se intoxicó. Ahora se retorcía hasta darse la vuelta y durante dos días yació rodeado por un lodazal de propia factura, la vida que había conquistado se le escapaba por dentro. El hombre sin vida pensó que aquel era el final; cierto, había creído que la verdadera vida se hallaba en el desprendimiento y ahora se sentía bajo el yugo de un destino implacable, inaplazable. Se veía a sí mismo como un torero aficionado, capeando, evitando la cornada definitoria, tan lejos se hallaba, tan lejos de la vida. Al tercer día despertó cubierto por el rocío, anegado en su lodazal. El fracaso del hombre. Volvió a arrastrarse hasta que pudo gatear, gimiendo, no pensaba nada, se miró las botas, se ató una de ellas, lloraba, las primeras gotas de un incipiente chubasco le caían en la frente, tosía. Exhausto se acurrucó bajo una cornisa de roca, salvando el desnivel del bosque, al borde del camino.

Tosía como un tísico y los estertores llamaron la atención de unos excursionistas que lo contemplaron como a un animal herido, disminuido al fondo del agujero. Tardó en reaccionar, le hablaban, no entendía, una chica intentaba llamar por teléfono sin éxito, un chico le agarraba del brazo, él tenía la misma gorra que el chico, debía estar en el armario del trastero, en el primer estante por encima de las botas de esquí. Un pánico mágico se le dibujó en la cara. No oía los ofrecimientos del muchacho cuyas palabras no le tranquilizaban, al contrario, las oía ininteligibles e inframundanas, no podía comprenderlas, se había convertido en un ser temeroso de todos los dioses y de todos los hombres. El puro instinto de conservación le empujó hacia el exterior de su refugio llevándose al excursionista por delante. Huir, huir. Corrió por la pendiente jugándose los tobillos hasta que su pie resbaló en la roca húmeda, desobedeciéndole por última vez. Estampó la cabeza en, por lo menos, tres lugares distintos hasta finalizar el descenso: el tronco de un roble, un saliente de roca rebozada en liquen y una gran piedra a la orilla del río (ésta le partió el cráneo), entre los matorrales.

Tags: cuentos

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13rojo

13rojo dijo

Me gusta, me gusta mucho.

Un saludo

28 Septiembre 2010 | 02:53 PM

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Camino (esto) sin moverme (no). Camino (es) buscando (una) SENDEROS (bitácora).

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