La Coctelera

Zuara

"Soñar y soñar es todo, amigo, y el hombre, que a sí mismo se compadece tanto, hace poquísimas cosas reales desde que se levanta hasta que se acuesta..." Medardo Fraile - Monólogo de los sueños

5 Septiembre 2010

Cuento #21

Escribo desde mi celda monacal recogiendo mis cenizas mientras en la cocina se reblandecen los garbanzos de mañana. Heredo el legado de todos aquellos que escribían mientras en la cocina los garbanzos yacían sumergidos en proceso de resurrección. Trajino encerrado con aquello que el escriba robó al califa, con el insomne legajo del último día mientras pienso en los garbanzos de mañana y su nueva y corta vida, la necesaria para un garbanzo. Conozco su presencia y conozco la mía, clausurada ante un tapiz, donde el tapiz es la única salida. Tapiz o cuchara, venceremos.
Un pájaro cruzó delante de mí y lo seguí con la mirada según se alejaba dejándome encerrado en mi recinto. El pájaro se posó en una rama de olivo a unos 800 Km. de donde me hallaba. Lo hizo un 2 de septiembre a las cuatro menos cuarto, exactamente. El sol calentaba sus plumas hasta dejarlo exhausto. No, eso no es cierto. El pájaro había descendido y su refrigeración corporal cumplía a la perfección su cometido, el pájaro había descendido para posarse en un nido, éste posado en una rama, y no de olivo sino de encina. Pero el nido había desaparecido, un niño y una niña habían lanzado sobre él con tirachinas respectivos, furiosos por el final de las vacaciones; la puntería la puso el sadismo natural de esas edades. Lo derribó ella al segundo intento, a lo que respondió el niño con un tímido arañazo, a lo que respondió el padre con un guantazo, y vuelta a empezar. El pájaro no comprendía y el niño lloraba en brazos de la madre, la niña a su vez lloraba y las hormigas ascendían por los restos de la merienda campestre. “Va a llover” dijo el padre. El profeta liquidó la reunión, mandó recoger y el resto del viaje fueron suspiros y resignación. Llovió.
En casa todo volvió a su lugar. Los niños se lanzaron sobre la jaula para comprobar si el canario se había comido el alpiste, orgullosos jalearon al pájaro en sus movimientos sintéticos. Al padre le dolía la mano pero no podía decirlo, así que se durmió celebrando el colofón de una nueva tarde de domingo.
Como si el edificio fuera un gran órgano el cartero aporreaba el teclado del portero automático despertando a todos aquellos que a las diez de la mañana de aquel lunes 3 de septiembre aun dormían en sus casas, y a aquellos que lo hacían en casa ajena. Uno de ellos, un joven de camisa a cuadros y legaña fácil, abrió al cartero justo cuando el soltero del 4º 2ª, gran amigo del padre iracundo, había dispuesto abrirse camino a través del lúgubre aunque luminoso pasillo entre suspiros masculinos. Masculló una maldición, y vuelta a empezar. El joven salió despreocupado a la calle, “Va a llover” le dijo el soltero del 4º 2ª en el ascensor.
En la cafetería el cartero pregonaba sus impresiones acerca del rumbo que tomaba el país mientras un taxista abogaba por la aniquilación total, y dos ejecutivos (jóvenes con traje) le miraban risueños, a distancia (pues el primero había interrumpido la conversación de los segundos) deseando que, un día, el dinero les condujera a la gloria eterna. El joven legañoso abandonaba el local mientras entraba el soltero (iracundo) levantándose las gafas de sol, movimiento que lo introduciría en el mundo, o al menos en la cafetería, y pragmáticamente le permitiría observar los muslos de veinteañeras novilleras de carpeta abultada, teléfono esclavo y escote generoso. Eso debió pensar el cartero y camaradas, que retomaron la conversación con la naturalidad propia de estos lugares. Los ejecutivos de la supervivencia abandonaron la cafetería a las 13:17h mientras repartían afectos ficticios sobre las veinteañeras, siendo éstas el perfecto contrafuerte que sus carreras requerían. Volvía a llover.
Un poco más tarde, hacia las dos de la tarde, y siempre en ese instante, entraba por la puerta de su casa el padre herido a guarecerse en los brazos de su esposa, que, a su vez, llamaba al fijo porqué eran las dos de la tarde y avisaba de que llegaría, pero tarde. El padre se proyectó hacia el sillón. No, eso no es cierto, el padre se sentó en una silla y empezó a pelar patatas jugando la nostalgia de su juventud, y fue nostalgia y no melancolía, pues se le resbalaba el cuchillo en la mano sudorosa. Peló 4 patatas, se limpió con un trapo y agarró la carta del banco que había traído consigo en el bolsillo de la camisa. Al otro lado de la pared, el joven legañoso, tal vez aturdido por haber vuelto a la casa ajena para que le dieran de comer, perdía su mirada en el vacío, el mismo vacío escudriñado desde la cafetería por el soltero a través de un vaso de cerveza, el mismo vaso del que unos 93 minutos antes habían sorbido los labios vociferantes del cartero, y que el taxista misántropo había estado a punto de tirar, ya vacío. Cuando entró su mujer el padre comía unas aceitunas. “¿Llueve?”. “Vengo empapada, ¿pusiste anoche los garbanzos en remojo?”. “No, he pelado patatas”. Un pájaro cruzó veloz el vacío que el joven contemplaba, avergonzado, dentro de sí.

Tags: cuentos

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13rojo

13rojo dijo

Me encanta, con tu permiso, te sigo.

Un saludo

5 Septiembre 2010 | 06:36 PM

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