Historia del califa y el escriba o Cuento #4
En la ciudad de nuestro profeta peregrinaba un Califa y todo su séquito. Durante las noches, el Califa, cuyo nombre era Al-Zalifa, no dejaba de entrar y salir, una y otra vez, de la tienda principal de su campamento. Sus servidores no dejaban de preguntarse qué era lo que hacía durante las siete noches que llevaban en la ciudad. Al Califa le gustaba fumar hachís y beber té después de cenar y haber tomado los vinos, pero lo tenía que hacer solo, pues sabido es que los sirvientes no pueden beber los vinos con el Califa. La octava noche, apareció en la puerta de la tienda un joven escriba.
Sharazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche **** refirió:
- Me he enterado, ¡Oh, rey feliz! de que su nombre era Al-Zakriba. El Califa le preguntó: -¿Quién eres, joven escriba?. A lo que el escriba respondió: -Al-Zakriba, ¡Oh, gran Califa! Me envían fuerzas divinas. El Califa tiró el té a la alfombra roja de modo que salpicó las sandalias del joven escriba. El escriba se alegró y rió. Entonces el Califa le dijo: -¿De qué te ríes joven escriba? Y el escriba respondió: -No es tu té lo que he venido a buscar. El Califa se levantó y se acercó al escriba a la distancia de un salto, y le dijo: -Joven escriba, toma conmigo los vinos. Y el escriba no se movió, y le dijo: -¡Oh, Califa! Eres muy amable al invitarme a tomar contigo lo vinos, pero no son tus vinos lo que quiero. Y el Califa, sin dejar de mirarle le dijo: -Joven escriba, fuma conmigo hachís. Y el escriba no se movió, diciéndole: -¡Oh, Califa! Me halagas ofreciéndome fumar contigo hachís, pero no es tu hachís mi deseo. Y el Califa se dio la vuelta y caminó hacia el trono. Le temblaban las manos y tiró otro vaso de té, y dijo: -Joven escriba, no buscas mi té, no quieres mis vinos, no deseas mi hachís. Entonces, joven escriba, ¿qué es lo que buscas? Y el escriba no se movió, y contestó: -¡Oh gran Califa! Yo sólo busco, quiero y deseo vuestro sueño.
Sharazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el que le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche **** refirió:
- Me he enterado, ¡Oh, rey feliz! de que el Califa tiró otro vaso de té y quedó perplejo. El escriba no se movió. Entonces el Califa se sentó de nuevo y sacó de su caja de hachís una pipa que encendió, de su arcón de vinos sacó dos botellas, sirvióse otro té y permaneció sentado, mirando al joven escriba.
