La Coctelera

Zuara

"Soñar y soñar es todo, amigo, y el hombre, que a sí mismo se compadece tanto, hace poquísimas cosas reales desde que se levanta hasta que se acuesta..." Medardo Fraile - Monólogo de los sueños

26 Diciembre 2009

Interior - Cuento #18

Veía el caballero toda la planta baja de aquella casa. Desde las escaleras el pasillo se desgranaba en dos estancias principales. Al fondo vislumbró la chimenea del que debía ser el comedor principal. Anterior a éste una habitación menor, más acogedora, ensartada por el pasillo. En la mesa, a la derecha, dos jóvenes cortejaban sentados ella delante de él trazando una diagonal. El caballero pudo verla y apreciar su rostro en un rombo de la vidriera. Bajó la vista y apareció un gato al que le siguió la mirada hacia un perro y su sombra, que se reflejaba en pulcras baldosas blancas y negras dispuestas bajo un patrón más complejo que la repetición alternada de un tablero de ajedrez. Nadie ve al caballero pero él los ve a todos, e inicia el movimiento. Desenfunda sus pistolas de caza de la alforja que pende se su hombro, lo cual hace ladrar al perro que recibe una patada de la bota de hebilla. Alza la pistola izquierda y dispara sobre la cabeza calvinista del muchacho. Por la vidriera rota observa una palidez y un estupor multiplicado en decenas de fragmentos. Lo hace el tiempo suficiente como para que el sutil automatismo del soldado haga efecto y se halle, sin quererlo, apuntando al rostro. El gesto siguiente será también automático. A los dos cadáveres ya no se les podrá ver desde la escalera aunque el gato delatará su paradero lamiendo el charco de sangre que ensucia las pulcras baldosas.

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22 Octubre 2009

El miedo – Cuento #17

Desestimados todos los demás mecanismos la comisión decidió iniciar las ejecuciones. La añoranza de los patíbulos desautorizó a la vieja guardia, relegada a un segundo plano necesario. Los “novatores” de la historia de la muerte pusieron en juego los nuevos métodos. Ya no hubo héroes, ni siquiera funcionarios, la muerte se administraría desde las posiciones más cotidianas. Los empleados, los tenderos, las madres, los padres, los hijos... nada permitiría distinguir a los verdugos cuyos yugos no se dejarían sentir en ningún momento. Y así murieron, uno a uno, o todos juntos. Nadie había tomado una decisión , nadie había elegido nada. Como la peste, la infección había cobrado vida propia. Desapareció todo rastro de verdad hasta que desaparecieron los mismos cuerpos. El secreto de esa aniquilación secreta restó intacto hasta para los mismo instigadores que, como sus víctimas, también cayeron. Ahora no queda nada, ni siquiera este texto testimonio que únicamente vive de su imposibilidad. No se ha vuelto a saber que es la palabra, ni la letra, ni su sonido. Esto no la ha escrito nadie, ni nadie lo leerá.

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20 Octubre 2009

Carta a la disparidad - Cuento #16

Siento la extraña caricia de la circunstancia propicia que posibilitaría el mundo. Pero en el fondo de la playa ya no queda nadie. El mar lo ha cubierto todo. Se ha vuelto ceniza y colillas, un gigantesco océano que en realidad es un magno cenicero. Suaves estratos danzan al compás de un terrible movimiento; en el cenicero nada está quieto. Colillas y ceniza me cubren las piernas hasta las rodillas. Ningunas son las mismas. En el bar de la colina están apagando las luces. Pero en su entrada se mantiene encendido un foco. Lo hacen para que cuando llegue un visitante pueda vislumbrar el cartel de “Cerrado”. Si yo abandonara mi posición de vigía en esta playa que ahora son colillas y ceniza, y surcara la ladera hasta llegar a la entrada del bar de la colina, podría vislumbrar ese cartel en el que se afirma “Cerrado”. Por eso prefiero ahogarme en este gran cenicero antes de que la luz me indique “Cerrado”.

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5 Septiembre 2009

Caída - Cuento #15

Me ensordecen los volantazos nocturnos mientras pienso en el tiempo perdido, el tiempo recobrado y la primera persona. De nuevo mis pantalones olían a una aleatoria cerveza lanzada desde la nada. De nuevo trazaba mentalmente las líneas blancas, las amarillas y el negro de un alquitrán más o menos afortunado. Descendía en cascada al compás de unos pies ajenos sobre unos pedales aun más ajenos. Y mis pantalones olían a cerveza, olor amargo y familiar, el entorno, mi cabeza, todo olía a cerveza. Cerveza decantada, sin gas, vieja y conocida. Un nuevo tumbo en el descenso despertaba de nuevo los ardores, amargos ardores. Faros frontales desapercibidos, fantasmas que sólo te hacen recordar el vértigo de la sinuosidad. Más allá del cristal no hay nada, sólo el descender de la noche. Dentro no hay nada, sólo el olor a cerveza. No estás tú, ni tu primera persona, ni el tiempo recobrado, ni el tiempo perdido. Me ensordecen los volantazos nocturnos.

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5 Septiembre 2009

Cóncavo y convexo o Círculos concéntricos - Cuento #14

Después de la guerra nada fue igual. Se le había velado la mirada, se le habían velado incluso las palabras. Su sonrisa jamás retornó a su candidez, se había vuelto esquiva y reflejarse en ella se convirtió en una tarea muy difícil. El ritmo en su hablar se había vuelto lento, tenso, complicado. Entrecortaba, los silencios se prolongaban en el abismo y las palabras se habían convertido en suicidas al final del último paseo. Su respiración se había templado, apenas existía entusiasmo en nada. Comprendía mejor que nadie lo que había sucedido y no tenía ánimos para la caridad. El brillo velado después de la guerra. Se convirtió en anodina, pidió perdón, la confianza se había desvanecido. No sabía nada. No sabía que nada había ocurrido, que no había nada por lo que velar la mirada, que no existía razón para el miedo, que no había existido contrincante ni enemigo, que todo, tal vez, había sido un espejismo, un raro e intenso espejismo. Pero no podía haber sido un espejismo, no podía haberlo sido porque alguien del otro lado le había tendido la mano con un cuenco y le había dado de beber. Había humedecido los labios justo antes de despertar y hallarse ante la lisa superficie de un espejo. Antes de volver a despertar y hallarse tumbados en la cama.

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10 Agosto 2009

Redención – Cuento #13

Auguste Moriane vivía solo desde que en 1790 la turba asaltara su palacio, cerca de Rouen, y asesinara a su esposa e hijos. Desde entonces, refugiado en una pequeña casa en Aranjuez, España, se dedicaba en cuerpo y alma al redactado de una historia pormenorizada de la honda, el tradicional sistema de propulsión de piedras empleado por los pastores alrededor de la geografía mediterránea. El sol no le sentaba nada bien a Auguste, natural de Calais, por lo que en su exilio obvió el uso de la peluca. Vivió en mangas de camisa y apenas salía de su pequeño salón, donde únicamente las entradas y salidas de su ama de llaves otorgaban señales de vida a la casa. A Auguste le gustaba de manera especial el bíblico episodio de David y Goliat en que el pastor vence al gigante con un golpe de honda. Se le podía oír al paso del caballo por delante de su ventana declamando con afectación un inverosímil diálogo, donde él se convertía, por unos instantes, en el valiente israelita. Su ama de llaves recogía pacientemente trozos de cuero y de cordel que Auguste lanzaba o abandonaba en cualquier rincón de la casa. Sin embargo, Auguste nunca se atrevió a disparar proyectiles reales, siempre obvió lanzar chinas en su propio saloncito, tal vez por el atávico temor de disgustar a su aristocrática y desaparecida mujer. Un día no pudo resistir la tentación de llevar su representación al límite y decidió salir al campo, por primera vez, para ir a buscar el guijarro perfecto y proyectarlo de la manera más artística que se hubiera contemplado jamás en aquellos parajes. Tenía la seguridad y el aplomo suficientes como para intentarlo de verdad, lejos de la ficción del estudio. Para ello desenterró de un recio baúl una honda digna de ese nombre. Se la había regalado a su hijo un pariente que tenía por costumbre viajar a Oriente Medio, por aquello del exotismo arqueológico. Honda en mano Auguste se enfundó su chaleco de veinticuatro botones y salió por la puerta dispuesto a derribar a tordos y pardales, y algún gigante. Era por la mañana, y un sol justiciero hizo que ni se planteara tomar de nuevo la peluca sin empolvar. Caminó Auguste saliéndose de los límites de la villa y tomando el camino a Madrid. Al pie de un cerro próximo vio desde el camino lo que en otro tiempo habría sido una laguna. Se dirigió hacia allí convencido de poder hallar el proyectil definitivo. Las sienes goteaban sobre las piedras al sol hasta que después de una ardua selección Auguste se hizo con los tres cantos más redondeados que pudo encontrar. Subió entonces a la colina para gozar infinitamente más de su primer enfrentamiento al aire. Al otro lado del montículo pacía un rebaño de ovejas bajo la atenta mirada de un ocre pastor que pudo advertir la decadente y blanca figura que llegaba a la cima oteando el horizonte, no sin cierta artificialidad en la pose. Se veían el uno al otro, de lejos. Sin más dilación Auguste preparó la honda de su hijo y lanzó la primera piedra sin un objetivo preciso. El proyectil salió disparado hacia delante cayendo en el suelo a cien metros y provocando una pequeña nube de polvo. Enardecido por la considerable distancia alcanzada quiso llegar más lejos y lanzó con mayor ahínco el segundo guijarro, que fue a parar a la copa de un solitario moral, de donde salió al instante una bandada de tordos tan negros como el último canto que le quedaba a Auguste. El pastor, que hasta entonces había permanecido sentado en una roca se levantó circunspecto ante los ejercicios mal calibrados del extraño personaje. Auguste no percibió nada, seguía inmerso en su épico duelo, incluso murmuraba frases contra el gigante filisteo. Lleno de una rabia irredenta agitó la correa con más fuerza que nunca y lanzó. Su última tentativa se proyectó desviada hacia el rebaño, partiendo de una tacada el cráneo de un cordero. Tardó en darse cuenta de lo que había hecho, pues aun salía de su ensoñación cuando enfurecido el pastor sacaba una correa del zurrón, la armaba y la batía con fuerza y precisión. La piedra alcanzó a Auguste en la sien izquierda derribándolo en el acto, la misma sien que en otro tiempo lucía los rizos más blancos y perfilados de Rouen.

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15 Junio 2009

Cafetería, hora cero (Cuento #12)

El último deseo de mi vida no lo puedo prefigurar. El último encuentro que tenga me es imposible profetizarlo. La última lección que reciba no me atrevo ni a sospecharla. Lo último que ingiera no sé ni cómo imaginarlo. Mis gustos entonces no los puedo conocer de lo mucho que pueden distar de los de ahora. Mi último abrazo, inverosímil reconstrucción. Mis últimas palabras no existen y no sé si quiero que existan. Por tanto, hoy empieza todo.

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15 Junio 2009

60 W - Acientíficos #8

Suele ocurrir en mitades de la nada, en el centro mismo de una ensoñación de la cual es imposible recordar cómo se inició. Despiertos valoramos el momento de luz, el momento que decidimos guardar en el recuerdo del sueño. Puede que hasta en la misma secuencia onírica hubiéramos valorado lo que en ese momento, en ese preciso instante, estábamos viviendo. Pero la iluminación es mucho más que el momento de conciencia dentro del sueño. Es la reconstucción recalibrada en la vigilia de ese fogonazo de significación. Abrimos los labios para decirnos que "eso es", que no concíamos aun la expresión para definirlo, que no conocíamos su existencia simplemente porque no estaba ahí, pues no significaba. Esa iluminación, una vez recodificada, la gurdaremos y la visitaremos, y la entroncaremos en cualquier serie causal con el objetivo de reconstruir lo otro, lo mayor, la armonía causa-efecto de trayectorias imposibles de doblegar a la coherencia. Pero habremos sido iluminados, una vez, una sola y extraña vez, y no nos quedará otro remedio que darnos por satisfechos, y haremos lo correcto, haremos bien.

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